Charo Pérez

El color
que decide
el horno

Esmalte a fuego sobre metal: vidrio molido, fundido a 850 grados, sobre cobre trabajado a mano. Del taller de Charo Pérez, en Alicante. Piezas únicas, por encargo y entrega en mano.

Esmalte a fuego abstracto en rojos intensos y oro sobre cobre

Sin título · esmalte sobre cobre

Las piezas

Selección · piezas únicas

En el taller conviven dos familias. La obra propia, que nace sin más plano que el del horno: pájaros, abstractos, escenas que Charo lleva años puliendo. Y las versiones en esmalte de obras de artistas que le emocionan: llevar una pintura al vidrio y al fuego, con una técnica de tres mil años, es otra forma de mirarla. Cada pieza indica de qué familia es.

Obra propia Versión en esmalte
Esmalte a fuego: retrato de mujer de melena roja sobre fondo dorado, enmarcado
Melena roja
Versión
Esmalte a fuego: retrato femenino de estilo art nouveau, enmarcado
Art nouveau
Versión
Esmalte a fuego: Aristide Bruant, según Toulouse-Lautrec, enmarcado
Aristide Bruant · según Toulouse-Lautrec
Versión
Esmalte a fuego: dos mujeres de Tahití, según Gauguin, enmarcado
Mujeres de Tahití · según Gauguin
Versión
Esmalte a fuego: madre e hijo en tonos cálidos, enmarcado
Madre e hijo
Versión
Esmalte a fuego: dama con sombrero rosa sobre fondo ámbar, enmarcado
Dama del sombrero
Versión
Esmalte a fuego: figura femenina en reposo, en azules y violetas, enmarcado
Reposo
Versión
Esmalte a fuego: pequeña composición floral, enmarcada
Flores
Obra propia
Más piezas · pregunta

Nombres, fechas y familias por confirmar con Charo. En las versiones se indicará siempre el autor de la obra original. Medidas y disponibilidad, al pedirlas.

El proceso

Del cobre al horno

Cada pieza pasa muchas veces por las manos y por el fuego: se dibuja con polvo de vidrio, capa a capa, y entra al horno una y otra vez hasta que el color cuaja. Estas son algunas de esas horas de taller.

Manos colocando una placa de cobre esmaltada sobre el corcho de trabajo
La pieza, lista sobre la mesa de trabajo.
Pincel aplicando pequeñas flores blancas sobre esmalte oscuro
Flores blancas, punto a punto, con el pincel más fino.
Detalle de una mano pintando con polvo de vidrio
Se pinta con polvo de vidrio, apagado, sin ver aún el color final.
Pincel perfilando un rostro en una pieza de esmalte
El rostro, a pulso, capa sobre capa.
Pincel trabajando sobre un esmalte verde
Cada color pide su cocción; se avanza por capas.
Mano pintando el detalle de una pieza de esmalte
Horas de detalle antes de cada pasada por el fuego.
Horno de esmalte con el display marcando 800 grados
El horno, camino de los 800°.
Horno abierto e incandescente con la pieza dentro
Puerta abierta: unos segundos para decidir si la pieza vive.
Horno de esmalte cerrado en el taller
Y a esperar. El horno tiene la última palabra.
I
El arte

Tres mil años metiendo vidrio al fuego

Las piezas esmaltadas más antiguas que se conocen son seis anillos de oro encontrados en una tumba micénica en Kouklia, Chipre. Siglo XIII antes de Cristo. Alguien, hace más de tres mil años, ya sabía que el vidrio molido se funde sobre el metal y se queda ahí para siempre.

Bizancio convirtió aquello en orfebrería de emperadores: el cloisonné, celdas diminutas de hilo de oro rellenas de color. En el siglo XII el centro se trasladó a Limoges, donde los talleres del champlevé —el esmalte vertido en huecos tallados en el cobre— surtieron de arquetas y cruces a media Europa.

La técnica que se practica hoy en el taller de Alicante es heredera directa de aquellas. El mismo vidrio, el mismo fuego, la misma espera delante del horno.

Un esmalte no destiñe ni envejece: los colores de las piezas de Limoges llevan ochocientos años intactos. Lo que sale bien del horno, se queda así.
II
La técnica

Un oficio que no perdona

El esmalte a fuego no admite retoques. La pintura se corrige; el vidrio fundido, no. Cada capa de color es una decisión y cada cocción, una apuesta: el metal y el vidrio se dilatan a ritmos distintos, y si el cálculo falla, la pieza se agrieta al enfriarse. Horas de trabajo perdidas en un minuto.

Y aun así, ahí está la gracia. El color definitivo solo existe dentro del horno: se aplica un polvo mate, apagado, y se recoge un vidrio brillante que no se parece del todo a lo que uno esperaba. Quien esmalta aprende a convivir con esa incertidumbre. Con los años se domestica. Nunca se elimina.

El metal

Cortar, dar forma y limpiar la lámina de cobre hasta que no quede rastro de grasa. El esmalte no agarra sobre metal sucio.

El contraesmalte

Esmaltar también la cara oculta, la que nadie verá, para compensar tensiones. Sin ella la pieza salta. Buena parte del oficio está en lo que no se ve.

El color, capa a capa

El vidrio molido se aplica en polvo, a pincel o tamiz. Cada capa pide su propia pasada por el horno. Una pieza puede llevar cinco, seis, diez cocciones.

El fuego

Entre 750 y 850 grados. Minutos escasos, a ojo y a experiencia. Se abre la puerta y se sabe, de un vistazo, si la pieza vive o se ha perdido.

«El horno tiene la última palabra. Después de cuarenta años, todavía me la discute.» Charo
III
La artista
Retrato de Charo en esmalte a fuego: su rostro, con gafas, sobre un fondo de color abstracto
Charo, retratada en su propio esmalte a fuego.

Cuarenta años delante del horno

Charo Pérez lleva cuatro décadas trabajando el esmalte a fuego desde su taller de Alicante, donde tiene el horno. Cuarenta años de piezas que salieron y de piezas que se quedaron por el camino, de probar colores, de afinar el ojo que sabe cuándo abrir la puerta.

«Pintas a ciegas. El polvo es mate, apagado, no te dice nada; el color de verdad está dentro del horno. Cuarenta años y todavía me agacho a mirar por la mirilla como el primer día.» Charo, sobre pintar con fuego

En ese tiempo ha enseñado la técnica a decenas de personas en su taller. Enseñar esmalte es enseñar paciencia: la primera pieza agrietada, la primera vez que el color sale mejor de lo esperado. Quien pasa por sus manos aprende las dos cosas.

«Todo el mundo llega queriendo acabar su pieza esa misma tarde. Y el esmalte, mira, no. Aprender algo así de lento igual es lo más útil que se puede aprender ahora.» Charo, sobre sus clases
Las citas son provisionales — las sustituimos por frases reales de Charo cuando hagamos la entrevista del cuestionario.
IV
Las clases

Aprende con ella un oficio sin prisa

Charo enseña esmalte a fuego en su taller de Alicante, como lleva haciéndolo con decenas de alumnos. No hace falta saber dibujar ni haber tocado un horno en la vida: se empieza por el principio, con las manos en el cobre desde el primer día.

Aprenderás a preparar el metal, a aplicar el polvo de vidrio capa a capa y a esperar delante de la puerta del horno — que es la parte más difícil. La primera pieza se agrieta casi siempre. La segunda, ya casi nunca. Y las dos se aprenden por igual.

En un mundo que lo quiere todo para ayer, pocas cosas enseñan tanto como un oficio que va a su ritmo. De aquí se sale con una pieza hecha por ti y con otra manera de mirar el tiempo.

Días, horarios y precios: pregunta por WhatsApp o correo. Grupos pequeños — el horno es uno y las manos, pocas.

Sin carrito.
Con conversación.

Aquí no hay tienda ni pasarela de pago. Si una pieza te gusta, o quieres encargar una pensada para ti, escribes, se habla, y se entrega en mano. Como se ha hecho siempre.