Esmalte a fuego sobre metal: vidrio molido, fundido a 850 grados, sobre cobre trabajado a mano. Del taller de Charo Pérez, en Alicante. Piezas únicas, por encargo y entrega en mano.
Sin título · esmalte sobre cobre · 2025
Las piezas esmaltadas más antiguas que se conocen son seis anillos de oro encontrados en una tumba micénica en Kouklia, Chipre. Siglo XIII antes de Cristo. Alguien, hace más de tres mil años, ya sabía que el vidrio molido se funde sobre el metal y se queda ahí para siempre.
Bizancio convirtió aquello en orfebrería de emperadores: el cloisonné, celdas diminutas de hilo de oro rellenas de color. En el siglo XII el centro se trasladó a Limoges, donde los talleres del champlevé —el esmalte vertido en huecos tallados en el cobre— surtieron de arquetas y cruces a media Europa.
La técnica que se practica hoy en el taller de Alicante es heredera directa de aquellas. El mismo vidrio, el mismo fuego, la misma espera delante del horno.
El esmalte a fuego no admite retoques. La pintura se corrige; el vidrio fundido, no. Cada capa de color es una decisión y cada cocción, una apuesta: el metal y el vidrio se dilatan a ritmos distintos, y si el cálculo falla, la pieza se agrieta al enfriarse. Horas de trabajo perdidas en un minuto.
Y aun así, ahí está la gracia. El color definitivo solo existe dentro del horno: se aplica un polvo mate, apagado, y se recoge un vidrio brillante que no se parece del todo a lo que uno esperaba. Quien esmalta aprende a convivir con esa incertidumbre. Con los años se domestica. Nunca se elimina.
Cortar, dar forma y limpiar la lámina de cobre hasta que no quede rastro de grasa. El esmalte no agarra sobre metal sucio.
Esmaltar también la cara oculta, la que nadie verá, para compensar tensiones. Sin ella la pieza salta. Buena parte del oficio está en lo que no se ve.
El vidrio molido se aplica en polvo, a pincel o tamiz. Cada capa pide su propia pasada por el horno. Una pieza puede llevar cinco, seis, diez cocciones.
Entre 750 y 850 grados. Minutos escasos, a ojo y a experiencia. Se abre la puerta y se sabe, de un vistazo, si la pieza vive o se ha perdido.
«El horno tiene la última palabra. Después de cuarenta años, todavía me la discute.» Charo
Charo Pérez lleva cuatro décadas trabajando el esmalte a fuego desde su taller de Alicante, donde tiene el horno. Cuarenta años de piezas que salieron y de piezas que se quedaron por el camino, de probar colores, de afinar el ojo que sabe cuándo abrir la puerta.
«Pintas a ciegas. El polvo es mate, apagado, no te dice nada; el color de verdad está dentro del horno. Cuarenta años y todavía me agacho a mirar por la mirilla como el primer día.» Charo, sobre pintar con fuego
En ese tiempo ha enseñado la técnica a decenas de personas en su taller. Enseñar esmalte es enseñar paciencia: la primera pieza agrietada, la primera vez que el color sale mejor de lo esperado. Quien pasa por sus manos aprende las dos cosas.
«Todo el mundo llega queriendo acabar su pieza esa misma tarde. Y el esmalte, mira, no. Aprender algo así de lento igual es lo más útil que se puede aprender ahora.» Charo, sobre sus clases
Charo enseña esmalte a fuego en su taller de Alicante, como lleva haciéndolo con decenas de alumnos. No hace falta saber dibujar ni haber tocado un horno en la vida: se empieza por el principio, con las manos en el cobre desde el primer día.
Aprenderás a preparar el metal, a aplicar el polvo de vidrio capa a capa y a esperar delante de la puerta del horno — que es la parte más difícil. La primera pieza se agrieta casi siempre. La segunda, ya casi nunca. Y las dos se aprenden por igual.
En un mundo que lo quiere todo para ayer, pocas cosas enseñan tanto como un oficio que va a su ritmo. De aquí se sale con una pieza hecha por ti y con otra manera de mirar el tiempo.
En el taller conviven dos familias. La obra propia, que nace sin más plano que el del horno: pájaros, abstractos, escenas que Charo lleva años puliendo. Y las versiones en esmalte de obras de artistas contemporáneos que le emocionan: llevar una pintura al vidrio y al fuego, con una técnica de tres mil años, es otra forma de mirarla. Cada pieza indica de qué familia es.













Nombres, fechas y familias por confirmar con Charo. En las versiones se indicará siempre el autor de la obra original. Medidas y disponibilidad, al pedirlas.
Aquí no hay tienda ni pasarela de pago. Si una pieza te gusta, o quieres encargar una pensada para ti, escribes, se habla, y se entrega en mano. Como se ha hecho siempre.